Las ciudades navegables
Sus paredes oblicuas me desvaratan,
las lunas semejantes se pudren entre cristales
los niños buscan a los pueblos de la ilusión
y yo, costumbre al lado del que no desciende.
Vengo con los rostros y manos ardiendo,
con otra tierra que me sostiene por debajo
y tú, costumbre al lado del que desciende.
un paso dos pasos
sus paredes oblicuas me agarran
unas semillas semejantes se me mueven
y entre las pieles mis niños me protejen:
¿A cúal de todos detendré al frente de una pared
para que haga imaginable todo lo
que no pudo dominarme en el poema?
Ciudades del escenario
escondidas entre vómitos desérticos
se levantan:
tú ves, si ves
que allí tu dirigido cuento es una nube
atómica imaginada por un descendiente
en potencia de la costa oeste de la calle de enfrente,
que buscará matarte
porque no lo encontraste ni te encontraste
en los dominios que las ciudades
resguardan y son tu baluarte:
amante del disparate.
sábado, 20 de enero de 2007
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